PARALELISMO
PARALELISMO ENTRE LA FORMA EN QUE VEMOS LA REALIDAD Y A NOSOTROS MISMOS Y LA PERSPECTIVA CIENTÍFICA OCCIDENTAL
El texto que sigue ha sido extraído del
libro "Manos que curan" de Bárbara Ann Brennan;
editorial Martínez Roca, 1990
Paralelismo
y Realidad
Somos el producto de la herencia científica
occidental en mayor grado del que nos gustaría admitir.
El modo en el que hemos aprendido a pensar y muchas de nuestras
autodefiniciones se basan en los mismos modelos científicos
utilizados por la física para describir el universo
material. Ofrezco en esta sección una breve exposición
sobre los cambios por los que ha pasado la descripción
científica del mundo físico y sobre el modo
en el que esta descripción se corresponde con los cambios
en nuestras autodefiniciones.
Es importante recordar que una de las bases del método
científico occidental consiste en hallar la concordancia
entre las pruebas matemáticas y experimentales.
Si no logra encontrar la concordancia, el físico buscará
otra teoría hasta que dichas pruebas existan y expliquen
una serie de fenómenos. Esto es lo que convierte al
método científico occidental en una herramienta
tan poderosa en su uso práctico y lo que conduce a
importantes investigaciones en campos tales como el empleo
de la electricidad y la utilización de los fenómenos
subatómicos en medicina, por ejemplo en los
rayos X, los scanner, las instalaciones de TAC y los láseres.
Conforme nuestros conocimientos progresan se produce continuamente
el descubrimiento de nuevos fenómenos. Muchas veces,
éstos no se pueden describir mediante las teorías
que se manejaron al explicarlos. Generalmente se postulan
nuevas teorías, más amplias, basadas en todo
el conocimiento acumulado con anterioridad; se proyectan y
llevan a la práctica nuevos experimentos hasta que
se encuentra la concordancia entre la experimentación
y la nueva prueba matemática.
Se aceptan las nuevas teorías como leyes físicas.
El proceso de encontrar nuevas formas para describir fenómenos
nuevos siempre amplía nuestros puntos de vista, lo
cual constituye un reto para nuestra limitada concepción
habitual sobre la naturaleza de la realidad física.
Procedemos entonces a incorporar las nuevas ideas a nuestras
vidas y empezamos a vernos de forma distinta a nosotros mismos.
Toda esta parte demuestra que el punto de vista científico
de la realidad apoya la idea de que estamos compuestos por
campos energéticos y va, de hecho, mucho más
allá, hasta alcanzar reinos que justamente estamos
empezando a experimentar, es decir, nos conduce a una visión
holográfica del universo. En este universo, todas las
cosas están interconectadas, correspondiendo a una
experiencia holística de la realidad. Pero revisemos
en primer lugar parte de nuestra historia.
La
física newtoniana
Hasta tiempos recientes, cuando las religiones orientales
empezaron a ejercer mayor influjo en nuestra cultura, gran
parte de nuestros principios de autodefinición (en
su mayoría inconscientes) se basaba en la física
de algunos siglos atrás. A lo que me refiero en este
caso es a nuestra insistencia en considerarnos objetos sólidos.
Esta definición del universo como algo formado por
objetos sólidos, la sostuvieron principalmente
Isaac Newton y sus colegas a finales del siglo XVII
y principios del XVIII.
La física newtoniana se extendió al siglo XIX
para describir un universo compuesto fundamentalmente por
bloques denominados átomos. Se pensaba que
estos átomos newtonianos, a su vez, estaban formados
por objetos sólidos: un núcleo de protones
y neutrones, con los electrones girando en torno a dicho núcleo
en forma muy parecida al desplazamiento de la Tierra
alrededor del Sol.
La mecánica newtoniana describió con fortuna
los movimientos de los planetas, las máquinas mecánicas
y los fluidos en movimiento continuo. El enorme éxito
del modelo mecanicista movió a los físicos de
principios del siglo XIX a creer que, en
realidad, el universo era un enorme sistema mecánico
que funcionaba de acuerdo con las leyes newtonianas del movimiento.
Se consideraban estas leyes como las básicas de la
naturaleza, y la mecánica newtoniana como la teoría
definitiva de los fenómenos naturales.
Era posible describir todo objetivamente. Se consideraba
que todas reacciones físicas tenían una causa
física, como las bolas que chocan sobre una mesa de
billar. Todavía no se conocían las interacciones
energía-materia, como sucede cuando la radio interpreta
música en respuesta a ondas invisibles. Tampoco se
le ocurrió a nadie que el propio experimentador altera
los resultados de los experimentos, no sólo de los
psicológicos, sino también de los físicos,
como han demostrado con posterioridad los profesionales de
la física.
La perspectiva newtoniana resulta reconfortante para quienes
prefieren considerar el mundo como algo sólido y en
gran medida inmutable, con una serie de reglas bien definidas
que regulan su funcionamiento. Gran parte de nuestras
vidas se siguen rigiendo por la mecánica newtoniana
y probablemente continuarán así durante bastante
tiempo en el futuro. Cabe señalar que, excepto
por lo que se refiere a los sistemas eléctricos, nuestros
hogares siguen siendo en gran medida newtonianos. Sentimos
nuestros cuerpos de modo mecánico. Definimos
la mayoría de nuestra experiencia en términos
de espacio tridimensional y tiempo lineal. Todos tenemos relojes.
Los necesitamos para seguir con nuestras vidas tal como las
hemos estructurado: de forma esencialmente lineal.
Mientras nos apresuramos en nuestras vidas cotidianas,
esforzándonos por llegar «a tiempo», es
fácil considerarnos a nosotros mismos como elementos
mecánicos e ignorar la experiencia humana interna,
más profunda.
Si le preguntamos a alguien de qué está hecho
el universo, lo más probable es que nos describa el
modelo newtoniano del átomo (los electrones girando
alrededor de un núcleo de protones y neutrones). Sin
embargo, si se lleva esta teoría a su extensión
literal, nos situará en la posición, bastante
desconcertante, de pensar que estamos compuestos de diminutas
pelotas de ping-pong que giran vertiginosamente alrededor
unas de otras.
La
teoría del campo
A principios del siglo XIX se descubrieron
nuevos fenómenos que no se podrían describir
mediante la física newtoniana. El descubrimiento y
la investigación de los fenómenos electromagnéticos
condujeron al concepto de campo. Se definió éste
como la condición en el espacio que tiene potencial
para producir una fuerza. La vieja mecánica newtoniana
interpretó la interacción de las partículas
con carga positiva y negativa, como los protones y los electrones,
diciendo simplemente que dos partículas se atraen mutuamente
como dos masas. Sin embargo, Michael Faraday
y James Clerk Maxwell consideraron que era
más apropiado utilizar el concepto de campo, afirmando
que cada carga crea una "alteración" o una
"condición" en el espacio circundante de
manera que la otra carga, cuando está presente, siente
una fuerza.
Así nació la concepción de un universo
lleno de campos que crean fuerzas mutuamente interactivas.
Se contaba, por fin, con un marco científico con el
que se podría empezar a explicar nuestra capacidad
para afectarnos mutuamente a distancia por medios que no sean
la palabra o la vista. Todos hemos pasado por la experiencia
de descolgar el teléfono que suena y saber quién
está al otro lado del hilo antes de que empiece a hablar.
Las madres suelen saber cuándo tienen problemas sus
hijos, dondequiera que estén. Todo ello se puede explicar
en los términos fijados por la teoría de campos.
En los últimos quince o veinte años
la mayoría de nosotros ha empezado a utilizar tales
conceptos para describir las interacciones personales.
Estamos empezando a admitir que nosotros mismos estamos formados
por campos.
Notamos la presencia de otras personas en una habitación
sin oírlas ni verlas (interacción de
campos); hablamos de buenas o malas vibraciones,
de enviar energía a otros o de leer los pensamientos
de terceros.
Sabemos inmediatamente si nos gusta o nos disgusta
alguien, si nos llevaremos bien con esa persona o si chocaremos
con ella. Este "saber" se puede explicar por la
presencia o la ausencia de armonía en nuestras interacciones
de campos.
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