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Chakras
En los textos más antiguos se mencionan
ochenta mil, lo que significa que no existe la menor partícula
de nuestro cuerpo que no funcione como un órgano de
recepción, transformación y transmisión
de la energía sutil.
La mayoría de estos chacras tienen
unas dimensiones reducidísimas; los más importantes,
unos cuarenta, están conectados en
la zona del cuello, del bazo, en las palmas de las manos y
en las plantas de los pies (sobre los que se practica una
forma de masaje llamada reflexologia).
Los chakras principales, situados en el
cuerpo eterico a lo largo del eje de la columna vertebral,
desde el sacro hasta la cúspide del cráneo,
y dotados de una función vital muy importante para
el cuerpo, la mente y el espíritu, son siete,
como las notas musicales, los días de la semana, los
planetas de la astrología antigua, etc.
En sánscrito, chakra significa
rueda. Es decir, remolino de energía. De todos
modos, este concepto no solo se encuentra en la tradición
hindú: tambien hablaron de el los egipcios (según
los cuales la apertura del centro del bazo comportaría
un gran peligro para los no iniciados), así como los
indios Hopi que reconocían en el cuerpo la presencia
de cinco centros energéticos. Los chinos lo identificaban
con los puntos de intersección de los meridianos, esos
canales invisibles de energía que estimulan mediante
la acupuntura.
Además de su forma circular o en embudo los chakras
presentan tambien un movimiento arremolinado que rehúse
el ojo físico pero que se percibe fácilmente
a través de los sentidos sutiles: la rotación
se produce en el sentido de las agujas del reloj o en el contrario
según la polaridad de los chakras
(el primero, el tercero, el quinto y el séptimo son
masculinos; el segundo, el cuarto y el sexto, femeninos) y
del sexo: en el hombre, el masculino gira hacia la derecha
y el femenino hacia la izquierda; en la mujer, el masculino
se mueve hacia la izquierda y el femenino hacia la derecha.
Parecidos a las flores de loto giratorias, que acaban de brotar
o ya lo han hecho, nos lo describen los videntes expertos
en la lectura del aura y del estado energético
de los cuerpos sutiles.
A decir verdad, mas que a las flores abiertas, en el hombre
común los chakras se parecen a embudos
mas bien estrechos, provistos de un número variable
de pétalos determinados por los nadis que se adhieren
a ellos. Según otros, los pétalos, o si se prefiere
los radios de la rueda, son solo ilusiones ópticas
debidas a la velocidad vibratoria de los remolinos: a una
velocidad baja le corresponden pocos pétalos, por ejemplo
los cuatro de Muladhara y los seis de Svadhishthana,
pero en las frecuencias altísimas de Sahasrara, la
corona luminosa situada en la cúspide del cráneo,
o se reflejan mil pétalos, un numero que en el simbolismo
hindú equivale al infinito.
Lo mismo hay que decir en cuanto a los colores que
irradian, que dependen exclusivamente de la velocidad de rotación:
los tonos calidos (marrón, rojo, naranja) corresponden
a las velocidades bajas, mientras que los tonos fríos
(verde, índigo, violeta). La “línea fronteriza”
esta representada por el amarillo que, en consonancia con
el chakra intermedio Manipura, constituye
el punto de equilibrio.
Siempre de acuerdo con las descripciones de los videntes,
en la zona mas interna de cada chakra hay
un conducto en forma de tallo que lo conecta con el canal
energético principal. Sushumna.
En la mayoría de las personas, los chakras se extienden
a unos diez centímetros del punto de origen, y cada
uno posee toda una gama de vibraciones cromáticas.
Aunque tiende a prevalecer el color especifico. Por tanto,
cada chakra tiene un color propio así
como un sonido al que es más sensible respecto a los
demás. Se trata, de nuevo, de una cuestión de
resonancia y de armonía. Mirar un color u oír
un sonido tiende a producir en el observador la vibración
correspondiente. Lo similar atrae a lo similar (principio
de la homeopatía), enuncia la primera de las leyes
mágicas. No extraño, pues, que el color rojo
y la nota lo atraigan al primer chakra, caracterizado por
una vibración afín, mientras que el anaranjado
y el re trabajan sobre el segundo, el amarillo y el mí
sensibilizan el tercero, etc.
La teosofía y el movimiento antropozoico de Rudolf
Steiner han puesto de relieve la importancia de los
ciclos, unidos a los movimientos de los astros, que afectan
a toda la naturaleza y, por consiguiente, tambien al hombre.
Todo en nuestro cuerpo (sangre, cabellos, tejidos) emplea
siete años en renovarse por completo. Según
la tradición, el periodo de mayor activación
de cada chackra dura siete años por termino medio (aunque
este lapso de tiempo es variable para algunos chakras): de
cero a siete Muladhara, de ocho a catorce
Svadhishthana, de quince a veintiuno Manipura,
etc.
Esto no significa que los siete tipos de energía no
estén presentes todos al mismo tiempo. A los siete
años, Muladhara no desaparece para
ceder el paso a Svadhishthana, ni a los catorce este se ve
desplazado por Manipura. Cada chakra sigue
ocupando su sitio preciso en el cuerpo, y desarrollando sus
funciones físicas y psicológicas: lo más
que cambia es la preeminencia, el orden interno. Y si un chakra
no ha logrado desarrollarse correctamente a la edad que le
correspondía, las etapas siguientes de la vida se resentirán
de alguna carencia o desequilibrio al nivel de aquel chakra.
Por lo tanto, para sentirnos realmente bien, para experimentar
la maravillosa sensación de armonía, serenidad,
bienestar y amor que es privilegio del iniciado, es preciso
que todos los chakras, sin excepción,
estén abiertos y funcionen perfectamente.
Sin embargo, y por desgracia, esto ocurre raramente en las
personas corrientes: a causa de un conjunto de factores sociales,
interpersonales, alimentarios, etc., algunos chakras se abren
y otros se bloquean o permanecen parcialmente cerrados, en
una gama de combinaciones infinita. Determinar las condiciones
no es difícil: basta con confiarse a la observación.
Sensaciones físicas, emociones, preferencias alimentarias,
postura durante el sueño, deportes practicados, colores
predilectos en el vestir, así como incluso la actitud,
las características de la personalidad, las capacidades
manifestadas o la tendencia a contraer determinadas enfermedades
indican el estado y funcionamiento, armónico, excesivo
o deficitario, de cada chakra.
Si el bloqueo energético se produce a la entrada del
chakra su funcionalidad disminuirá por falta de energía;
si, por el contrario, el bloqueo se sitúa un poco después,
la energía seguirá fluyendo, pero al no hallar
una vía de salida, provocara una saturación
de efectos desastrosos.
Para corregir el mal funcionamiento de los chakras, bastara
con trabajar sobre los hábitos alimentarios y de vida.
Entonces los propios alimentos, los perfumes, los colores,
las piedras, la música, los deportes que nos han señalado
las condiciones del chakra, con el apoyo inestimable de las
posturas del yoga, de la
respiración, de la meditación,
de la luz coloreada y de la reflexologia podal, así
como de los aceites esenciales y las flores de Bach, podrán
transformarse en instrumentos naturales validos para la reactivación
o el reequilibrio del chakra en cuestión.
Todos los ejercicios que exigen flexiones, torsiones y tensiones
de la columna están orientados a liberar los canales
energéticos de bloqueos y a ampliar su capacidad. Por
ultimo, todas aquellas posturas que implican contracción
del abdomen activan el chakra intermedio que, en la columna
de los siete chakras principales, actúa
como si fuera un “regulador del tráfico”.
Un chakra enfermo o un nadi
bloqueado son como un músculo que, por culpa de un
vendaje demasiado apretado, se vuelve rígido e insensible.
Cuando se retira el vendaje, no se siente nada. Después,
a medida que la sangre y la energía empiezan a circular,
aparece un dolor intenso, un hormigueo molesto como si nos
clavaran una aguja. Volvemos entonces a sentir, no sin dolor,
las sensaciones que en su momento han provocado el bloqueo,
el miedo, la rabia, el sufrimiento y todos aquellos sentimientos
negativos que solo pueden eliminarse dejando que afloren a
la superficie. En suma, la ultima sacudida antes de sentirnos
definitivamente liberados.
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